Antología de 'Porcún' y otros mitos de tradición oral.

    En las incontables tardes que servidor pasa con sus amigos de Marchena discutiendo sobre la esencia misma de la existencia humana, no son pocos los relatos inefables que, junto a dichos del citado pueblo y frases de vulgaridad y extravagancia cercanas a los límites del entendimiento humano, van convirtiéndose en objetos de veneración, eje de nuestra cultura de grupo y símbolos de nuestra singularidad.  

   Y, aunque coincido con mis compinches en que estos tesoros del verbo pierden mucha de su esencia y valor cuando están por escrito, aquí les presento mi más sincero esfuerzo.

   Notas en cuanto a pronunciación: las contracciones y omisiones de fonemas las indico con un apóstrofe: ("que'l" = "que_el" - "_e"). Cuando omito ciertas letras se da por obvia el habla andaluza 'campera': "apera(d)or". Cuando añado 'h' ó 'hj' es una expiración de aire más o menos áspera.


 La historia del Loro que construía oraciones subordinadas causales.

    (Y es que era tal la destreza verbal de nuestro plumífero sujeto, que no merece menos que la capitulación de su nombre y su enaltecimiento sobre los de su especie refiriéndonos a él como 'el Loro'. Además, no es arriesgado suponer que aquel fuera el primer 'bisho' de esas características en asomar por Marchena.)  

   Esta es la historia, llegada a mis oídos de boca de los nietos de Antonio Romero 'Osunita' como ha llegado a los oídos de dos o tres generaciones de la Campiña sevillana, o sea, algo alterada, de como 'el Loro' dió a parar con sus huesos en los alrededores de Marchena, de como prosperó en el pueblo y como acabó siendo repudiado por las Hermanitas de San Andrés, momento en el cual desaparece su rastro de la memoria popular. (Que, por cierto, en otros lugares han sometido al papel y a la gramática ordinaria para engrosar aún más ese grotesco género llamado Historia). Más tarde discutiremos la probabilidad de que este Loro fuera amigo personal de Rasputín. De momento concentrémonos espacialmente en los montes de Marchena, y temporalmente en los primeros requiebros del apocalíptico siglo XX, por el año 1.925. También habrá tiempo de discutir la gran influencia de seres como el Loro en ese pasado, y como la desaparición paulatina de estos fenómenos sociales amenazaba (y luego cumplía  su amenaza) con embrutecer definitivamente a la especie humana.

   "En esto que estaban por el campo buscando liebres para cazar Alfonso Ruedo y 'er Liceo'; pues dicen que no corrían tiempos fáciles, que si alguna vez los corrieron no fue por entonces ni para ellos, vamos, y que salían a buscar unas liebres para complementar la dieta de los capitalistas y el propio salario. El caso es que el Liceo vió, o al menos creyó ver una liebre, y como era su compañero el que llevaba el arma, exclamó:  

- ¡Tírale, Arfonso, tírale!

   Y de no haber sido por el exacerbado sentido de la supervivencia de nuestro protagonista, en combinación con una agudeza mental solo posible en un cerebro del tamaño de una nuez, nuestra historia no existiría. Pues en ese mismo instante oyeron una voz que provenía de un árbol vecino: 

- ¡No me tire, Arfonso, que soy un loro, (y me puedes dar)*!

*Nota: la aclaración "y me puedes dar" es tan implícita que no consta que llegara a ser expresada con palabras.

   No podemos ignorar la gravedad filosófica, conceptual e incluso moral, de esta afirmación en pico de un ave psitácida. En primer lugar, el sujeto muestra una clara conciencia de la propia existencia, y de su pertenencia al conjunto de los loros en la clasificación humana de las cosas. Profundizando conceptos, es abrumador como este animal aduce a su condición de loro implicando su característica de 'ser vivo altamente afectable en su continuidad vital por cosas como, digamos, disparos de escopeta'. Al dejar cierta información implícita en la frase, muestra una fuerte posición moral, ya que reconoce con total naturalidad la inteligencia de una especie claramente distinta a la suya. Aunque el hecho de que no se haya vuelto a conocer un caso similar en cuanto a comprensión interracial lleva a algunos a achacar la omisión a los nervios del momento. En cualquier caso hay versiones de la historia en las que el animal acababa apostillando la frase "y me puedes dar", versión que aclamo por su musicalidad. Por último, aunque es un detalle ínfimo entre temas tan elevados, está el hecho de que oyera al Liceo decir 'Arfonso' y dedujera que este era el nombre al cual respondería el de la escopeta. 

   Pues nada más oir al bicho, y para suerte de la hipotética liebre, los dos hombres debieron hacer un esfuerzo considerable de relocalización mental para pasar de estar cazando liebres a enfrentados con el Loro. Un loro, (que suponemos de plumaje rojo por la definición de Loro que consta en el Diccionario Enciclopédico de Franco: 'Loro - ave prensil de plumaje rojo, variedad del Papagayo') ahí en el árbol. 

   Es indiscutible que Alfonso Ruedo estuvo a la altura del Loro, al menos en cuanto a capacidad de reacción, puesto que al tiempo que lo encañonaba replicó: 

- ¡Como té mueva', te jhago yehjca!

   Y el Loro, que no sabía lo que es la yesca; pero que sí sabía que así estaba perfectamente y no se sentía impelido a convertirse en yesca, fuera lo que fuese; y además no sentía en esos momentos una necesidad inapelable de moverse, no se movió. Entonces se vió obligado a acompañar a los cazadores, que se pusieron de acuerdo en cuanto a la posesión del Loro por medio de una transacción en la que Alfonso Ruedo pagaba a Liceo la solemne cantidad de cincuenta pesetas por su mitad del Loro; que por otro lado iba a perder mucho de su valor si fuera físicamente dividido en dos partes.

   (Resultados de una afanosa investigación deductiva han asociado la aparición del Loro con la proximidad de la vía ferroviaria al punto en que fue visto. Hipótesis cuyos fundamentos se pierden en la antigüedad  de la historia proponen como serio aspirante a haber traido al Loro a un supuesto tren de circo.)

   Del acuerdo alcanzado quedaron ambos jóvenes satisfechos, y Alfonso Ruedo se llevó el animal a su casa, donde convivía con, al menos, su madre. Y dicen que la madre imprecaba cada mañana a su hijo para que saliese a buscar trabajo. Mientras tanto, el Loro había alcanzado un estatus de nutrición semi-estable, y en cuanto a la vivienda está claro que no le importunaba compartirla con humanos, por motivos que podemos atribuir a su genuina condición moral, de la cual ya antes había hecho gala. La cuestión es que las mentes de tanta clarividencia aquí en occidente rara vez tienen la habilidad oriental de pasar desapercibidas, de no mostrar su intelecto con toda crudeza a las criaturas circundantes. Y este Loro suponemos que era muy occidental, porque a fuerza de haber oído diariamente las quejas vespertinas de Alfonso sobre la mala situación laboral, empezó a sumarse a la opinión. Así, a las letanías matutinas de la madre el Loro añadía: 

- ¿Para qué vas a salir, Arfonso, si no hay trabajo?

- ¡Le vo' a pegá una patá a la jaula esta...! - respondía Alfonso, animado.

- No le pegue, Arfonso, que solo es un animá.- intervenía de vez en cuando la madre.

   Frase lapidaria la del Loro, que se entiende que a la larga no tenía un efecto positivo sobre el humor de Alfonso Ruedo. Éste, además de no entender las motivaciones místicas que dirigían los pensamientos cotidianos del pájaro, estaba harto, y lo vendió al insigne barbero Fernando Peña, cuya barbería estaba sita en la calle Botero.

   Así tuvo comienzo una nueva etapa en la vida del Loro. Dado el emplazamiento privilegiado de la jaula, en la ventana del establecimiento, era inevitable que se hiciera totalmente pública su condición de erudito de los pensamientos más profundos; aunque, claro está, de papagayo. A pesar de la barrera cultural algunos pensamientos del Loro llegaban a las orillas de las cuestiones humanas como brisa fresca. Y los más favorecidos por su sabiduría fueron los niños, que por la mañana paraban en su camino al colegio para conversar animadamente con el ave. 

- ¡Lorito, lorito! ¿Tú no vas al colegio? - dicen que le decían las criaturas.

- Yo no voy al colegio, que el maestro me pega.- dicen que respondía el Loro, agudo.

   Vean como una vez más esta frase que nos ha dejado la tradición  nos alumbra en cuanto a la profundidad de la mente de nuestro personaje. En esta ocasión demuestra una capacidad de análisis social que vuelve a trascender sin esfuerzo los obstáculos raciales. Las implicaciones que se derivan van desde la evaluación de un hombre que probablemente no había tenido oportunidad de conocer hasta el acometimiento de una labor de reeducación de los niños, pasando por una curiosa identificación con los maltratados, lo cual podría significar que el Loro a estas alturas se siente intelectualmente solo y no está plenamente satisfecho con su condición de 'huésped a la fuerza'. En cualquier caso, el Sr. Fernando Peña tampoco debía de estar encantado con ver la entrada de su barbería sistemáticamente bloqueada por mocosos. Lo digo porque finalmente puso un trapo grande encima de la jaula, y encargó al que por entonces ostentaba el puesto de 'tonto del pueblo' que llevara a la bestia al convento de las Hermanitas de San Andrés, que está al final de la calle Las Torres, esquina con la calle Compañía, donde hacen el 'Pan de Angel'. Y este fue uno de los episodios que confieren a la vida de nuestro loro el epíteto 'accidentada', pues el Tonto le fue dando vueltas a la jaula tapada durante todo el camino, para un lado primero y para el otro después, y vuelta a empezar. 

   El caso es que para cuando el animal llegó al encuentro de las hermanitas conservaba poca o ninguna de su calma habitual, y en su vocabulario humano estaba explotando a conciencia el conjunto de palabras que nunca utilizaban  las monjas (por aquel entonces). Y en el mismo momento en que le retiraron  la manta para que lo pudieran conocer estaba dando un repaso al subconjunto de las blasfemias. 

- Parece que este animal vá mareado...- Observó una de las hermanas al ver el estado de nuestro pobre héroe.

- ...¡Me cago en la ...(censurado)! ¡No voy a estar mareado! ¡Si el tonto éste me lleva dando vueltas tó el camino! - parece ser que fue lo primero que le escucharon.

- !Aaah! ¡Criatura del Demonio! - fue el veredicto inmediato de las religiosas, que no se andaban con chiquitas (por aquel entonces) - ¡Llévate ese bicho de aquí!

   Y en este momento sombrío perdemos el rastro de nuestro héroe.  Lo dejamos, por orden cronológico, espeluchado, mareado, probablemente revolcado en sus propias defecaciones, repudiado por la Iglesia, y en manos del mismísimo Tonto del pueblo. Quizás estén ahora de acuerdo conmigo cuando me sonrío si oigo decir que el mayor error de la Iglesia fue el cometido con Galileo.


Anexo: "Los mandamientos de Porcún"

   Estos son los mandamientos del cortijo Porcún, tal como nos los ha transmitido Antonio Romero 'Osunita':

El primero: que'l amo e'hjun puñetero
El segundo: el aperao'h se pone en la puerta y vé a tó'r mundo
El tres: no se gana ni pa' comé'h
El cuarto: no se gana ni pa' zapato'h
El quinto: musha leña y poco ci'hj'co
El seis: se traba'hj'a má'h que manda la ley
El siete: musho cuerno y poco aseite
El ocho: panetito'h como bi'hj'cocho'h
El nueve: ni se fuma ni se bebe
El dié: todo'h esto'h mandamiento'h se resumen en do'h: "co'hj'a usté la manta y vaya con Dió"